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GAYS - LA ESCUELA DE JOVENES TALENTOS 5
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CAPÍTULO V

Danae cerró la puerta tras de sí. Por supuesto, aquello no detuvo a su interlocutora, que no tuvo más que atravesarla sin más.

-Anda, anda, por favor, cuéntamelo, ¿qué te cuesta?

El largo y lacio pelo violáceo del muchacho magenta se pegaba a su cuello y espalda. Acababa de ducharse, intentando limpiarse de toda la esencia de esos condenados chicos del Arco Iris, pero sus músculos todavía le dolían con un pulsante dolor placentero. Apenas sentía ano y pene, y le daba la impresión de que le habían abierto su pobre orificio hasta dejarlo tres veces más grande. Lo notaba tan enrojecido e inflamado que casi creía que su ano desprendía luz. En aquel momento, intentaba ignorar al parlanchín espectro de Mireia.

-Venga, por favor, cuéntamelo. ¿Qué sentiste? ¿Te gustó? Bueno, esa pregunta es obvia. Perdí la cuenta del número de veces que te corriste.

-Mireia, por favor, ¿no puedes dejarlo estar?

-Vamos, Danae, es que me aburro de estar todo el día atada a ti. Perdona que te diga pero tu vida sexual es bastante… ehhh… escasa. Por eso lo de antes me ha parecido interesantísimo. La verdad es que esos chicos estaban muy bien dotados. ¿Cuál te dio más placer? ¿Te gustaba más cuando te sodomizaban o cuando te…?

El rubor cubría las mejillas de Danae.

-¡Mireia, por favor! ¿No puedes desaparecer un momento?

-Espera, Danae, yo…

El muchacho interrumpió al fantasma.

-Cinco minutos. Sólo cinco minutos, si no es mucho pedir.

-Errr… Deberías escucharme…

-Me gustaría tener un momento de intimidad, por favor.

-Pero es que…

-¡Largo!

-De acuerdo, de acuerdo, pero luego no digas que no te lo advertí.

El fantasma se desvaneció hasta desmaterializarse completamente. Danae quedó sólo al fin. Casi sin quererlo, su dedo índice se deslizó por su ano. Esos lujuriosos muchachos se lo habían ensanchado hasta dejarlo abierto como una flor. Su mango comenzó a latir como si tuviera vida propia. Danae casi profirió una blasfemia: Mireia tenía razón: Encima esos lúbricos demonios le habían puesto cachondo incluso después de sodomizarlo a placer.

Danae fue hasta su aparador, comprobó de nuevo que el fantasma no estaba en la habitación, y extrajo su consolador preferido. Lo ensalivó bien y se deshizo de su toalla morada, que cayó silenciosamente a sus pies. Su pene se había erguido pero resistió el impulso de masturbarlo. En vez de ello, se tumbó en su cama boca abajo arrodillado, con la cara pegada a las sábanas y dejando su culo abierto en pompa e introdujo lentamente el consolador por su ano. Gimió y se mordió el labio, mientras comenzaba un acompasado movimiento metiendo y sacando el aparato. Cercano al orgasmo, abrió los ojos y no pudo evitar emitir un pequeño chillido. Dentro de la habitación estaban dos de los chicos arco iris que le contemplaban divertidos.

-Vaya, vaya, parece que nos echabas de menos.

Danae no dijo nada pero se sonrojó hasta lo indecible, contrastando con su pálida piel. Nunca había pasado una vergüenza mayor en su vida y lo peor es que esa humillación le excitaba enormemente. Sandro y Liam le sujetaron y colocaron bocabajo a la cama, mientras el chico corpulento le sacaba el consolador y lo remplazaba con su abultada verga que entró con facilidad en el dilatado agujerito.

-Creo que te has quedado con ganas de más, pero no te preocupes. Aquí estamos para satisfacerte, ¿verdad, Liam?

-¡Ya lo creo!

-Uoooo, mi pobre culito, tened piedad… Gluobs, glabb, glup…

El mango de Liam se introdujo en su boca y Danae no pudo sino lamerlo con fruición.

-Vamos, vamos, cochino mío, no me digas que no estás deseando que te follemos. ¿Quieres que sigamos?

Danae no pudo hablar, pues tenía la boca llena, pero asintió con la cabeza mientras enrojecía aún más. Por un momento, temió que toda la sangre de su cuerpo se hubiese reunido en sus mejillas, que le ardían. Con cada embestida, el falo de ambos se incrustaba más y más en su cuerpo. Y lo peor es que Danae se encontró a sí mismo moviéndose acompasadamente, gimiendo de placer cada vez que los gruesos falos se hundían en su esponjoso interior. Tras un tiempo, ambos muchachos descargaron dentro de él, derramando su cálido semen por boca y entrañas del muchacho magenta. Apenas tuvieron que tocar su pene para que éste también eyaculase.

-Es una lástima que tengamos que irnos tan apresuradamente. –Los jóvenes ataron y amordazaron al jadeante Danae, que no tuvo fuerzas para intentar siquiera resistirse. Sandro le dio una sonora cachetada en las nalgas. –Pero no estés triste. Sin duda, volveremos a vernos.

Los muchachos salieron de la habitación llevándose los grimorios, ignorando los quejidos de protesta del amarrado muchacho. Cerca de la puerta, Mireia le observaba divertida mientras canturreaba.

-Ya te lo advertíiii…

------------O------------

 

Manfred se quitó su capa de color magenta y la extendió cuidadosamente sobre una silla en su habitación particular. Había hecho salir a todos sus acólitos y habían quedado solos Aylen y él. Parecía exultante.

-Todo ha salido a la perfección. El Clan Arco Iris ha sido una espina clavada para el Clan Magenta durante todo este tiempo. Tras esta noche, nunca volverán a molestarnos. Jamás.

Las manos de Aylen temblaban considerablemente y se frotaba una contra la otra, intentando apaciguar su nerviosismo. Jamás se había sentido peor en su vida.

-¿Qué va a ser de Ray y los otros?

Manfred pareció no escuchar la pregunta mientras descorchaba una botella de vino y escanciaba el caldo en un vaso.

-¿No me has oído? He dicho que…

-Te he oído perfectamente. Pero pensaba que tu atención estaba centrada en tu padre, no en tus antiguos aliados. No tienes que preocuparte por nada. El Clan Arco Iris no va a poder vengarse de ti por tu… traición.

Aylen se sonrojó mientras apretaba sus dientes. Manfred se ufanaba en recordarle su condición de miserable traidor. No obstante, era la preocupación por Jay y sus excompañeros la que le atenazaba las entrañas. Manfred habló con afectación:

-¿Qué va a ser de ellos, dices? No sé… Hay tantas posibilidades. En primer lugar puede que les fría la mente hasta dejarla totalmente vacía, como unos babeantes zombis que obedezcan el más nimio de mis deseos. Así serán unos perfectos esclavos personales. Y cuando ya no me satisfagan y me haya hartado de ellos, les sacrificaré para invocar alguna entidad extraplanar. ¿Quién sabe?

El color abandonó las mejillas de Aylen. -Pero me prometiste que no les pasaría nada…

Manfred sonrió mientras bebía el vino. –Eres tan crédulo. Casi me inspiras ternura. Te has creído todo lo que te he prometido. Como que iba a poder curar a tu padre. ¡Jajaja! Si tuvieras dos dedos de frente te habrías dado cuenta que la magia curativa jamás interesaría a alguien como yo, pobre infeliz.

-Maldito…

Una nube roja empezó a velar el entendimiento de Aylen. Había traicionado a su chico en vano. Sin pensar con claridad, se lanzó hacia Manfred gritando sin formar palabras salvo algún grito siseante. No le atacó con los puños sino con los dedos engarfiados como garras buscando sus ojos con las uñas.

-¡Jajaja! Luchas como una nenaza, Aylen, ¿te lo habían dicho alguna vez?

Los poderes mágicos de Manfred eran abrumadores. Con un gesto, detuvo a Aylen en medio del salto. Unas invisibles garras comenzaron a arrancar las ropas de Aylen y le golpearon en el rostro, arrojándole al suelo. Sus gafas salieron volando y se quebraron en mil pedazos. Cuando levantó la cabeza, sangraba por el labio y sus mejillas estaban anegadas en lágrimas de pura rabia.

-Oooh, pero si el bebé está llorando… Pobrecito, tan indefenso. –Manfred habló con voz de falsete, burlándose de Aylen, mientras gesticulaba con las manos.

El muchacho castaño se encontró empujado por unas manos invisibles que le incorporaron del suelo con gran dolor. Sin poder defenderse, le tumbaron en la cama bocabajo y le abrieron las nalgas rudamente, revelando su orificio anal.

-¡No te atrevas, hijo de puta! ¡No!

-¿Sabes? No estás nada mal a pesar de esa boca tan sucia. Entiendo por qué Jay se encaprichó de ti.

Aylen intentó pensar con claridad. Se daba cuenta de que Manfred era un sádico al que le excitaba su indefensión y sufrimiento. Si lograba cerrar la boca y no exteriorizar el dolor, quizás Manfred desistiera. Pero el daño que le provocaban sus invisibles ataduras era muy intenso. Aylen gritó desgarradoramente y no pudo evitar llorar y suplicar. Se odió a si mismo por su debilidad y su cobardía.

-¿Sabías, Aylen, que el color magenta tomó su nombre en alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta, en 1859? Se dice que la sangre cubrió la tierra por completo, y que la siguiente cosecha creció como ninguna otra se ha visto.

-Por favor… No… Por favor…

-Ahora vas a saber lo que es bueno, nenaza llorona. Vas a saber lo que es un hombre de verdad. –Manfred comenzó a desabrocharse los pantalones mientras reía perversamente.

-Si te atreves a tocarle un solo pelo, te arrepentirás.

Ambos giraron la cabeza al unísono. Aylen nunca había visto a una persona más imponente. Su espléndida figura se recortaba contra el quicio de la puerta.

-¡Jay!

-¡Jay!

Manfred gruñó e hizo un giro de su muñeca. Una silla voló hacia el muchacho mulato, pero con un rápido hechizo de una palabra, Jay volvió su piel de una dureza extraordinaria, con lo que el mueble se hizo astillas contra él sin afectarle lo más mínimo. De una zancada llegó hasta el líder del clan Magenta y le propinó un puñetazo con todas sus fuerzas. Manfred salió despedido hacia atrás y se estrelló contra la pared, escupiendo sangre y dientes.

-¿Estás bien, Aylen?

El muchacho no pudo contestar porque los sollozos se lo impidieron, así que se limitó a asentir mientras se limpiaba las lágrimas de su rostro. El poder que le paralizaba había desaparecido.

Jay se inclinó sobre Manfred, tendido en el suelo y que temblaba sin poder evitarlo y acercó su rostro hasta que estuvieron a pocos centímetros.

-Escúchame bien e insértalo bien en tu patético cerebro, Manfred. Si vuelves no ya a amenazar sino a mirar siquiera a algún miembro del Clan Arco Iris, te prometo que seré lo último que veas en tu miserable vida. ¿Lo has entendido?

Manfred asintió con los ojos desorbitados por el terror sin mover un músculo de su cuerpo. De pronto su vejiga cedió y se orinó sobre sus pantalones. Jay se incorporó y se quitó su cazadora para tendérsela a Aylen para que cubriera su desnudez.

-Vámonos de aquí, Aylen.

El muchacho no logró dejar de sollozar mientras el chico mulato le estrechaba entre sus brazos. –Cálmate. Ya ha pasado todo. Estás a salvo.